Wednesday, June 10, 2009

Nunca he visto a un pájaro sentarse.
Pero no sorprende un gato haciendo malabares.
El silencio hace de la fragilidad algo mas obvio.
Dijo la madre: si hay vértigo que se note.
Les enseño el ombligo a los pasantes.
Y que tus tacos sean de aguja así cosemos mejor
los gestos de los señores que vendrán a probarse tu suerte.
La mujer más peinada se ganara triple señor.
Y las demás, si les toca uno, bueno,
casi como si les tocaran tres pero deberan practicar la paciencia dos veces menos.
La pulpa de tu amor enderezada por el canto de una loba extranjera.
Quizá quisiste decir
que te simplificaria el sueño tener alguna religión, padres y un perro.
En cambio, te recordas a una tía que viajaba mucho y no podía rascarse la cabeza con su mano
porque le quedaba siempre lejos.
Así las cosas.
Un día un pájaro se sienta.
Un día una mariposa sale de la sala de un concierto y desafía el equilibrio.
Todos los pensantes nos quedamos como si nada.
Es solo una mariposa.
Es solo un boleto de colectivo, una fuente, un rectángulo en la orilla de la hoja,
son las líneas rayadas de tu cuaderno, es una oreja un poco enferma.
Borrar, tachar, se usa mucho de eso.
Yo no pido comprender el idioma del que me habla.
Solo intento que el sonido tenga por lo menos algún ritmo. Que suceda.
La caricia del hablador. La reputación de la mariposa que genera escándalo en el burdel.
Entonces amigos, digamos que pongo a explotar una palabra sobre la mesa
y nadie deja de comer.
Supongamos que ocurren los desastres universales
y agrego sal, alcanzo un trozo de pan y me arreglo el pelo
para ser la mejor y la más peinada de la mesa.
Imaginemos que el pájaro nos mira y camina y camina
queriendo decir algo que no puede.
Todo lo que vino a decirnos se cierra en un estertor
como en una oración de mil palabras todas tartamudas.
Es entonces cuando el pájaro
ya no puede más
y se sienta.