Wednesday, January 03, 2007

una página de mi diario. Impresiones del muelle (perdón por la longitud)

Escribo con poca luz. Con poca letra. El muelle es una calma siniestra. Amarra donde uno pisa. Tiene extraños poderes. Es noche. Ayer, en una hora poco visible, me senté sobre estas mismas maderas y ensayé un secreto: cerré los ojos unos instantes y me dejé invadir por el sonido penetrante de las chicharras, los grillos y las ranas. Y ahí estaba: la maravilla sin disfraces. Un agua muda negra azulada misteriosa. Otro muelle. Muchos árboles. Una casa escondida en el verde. Un cielo cierto y encantado. Camalotes flotantes como islas soñadas. Luciérnagas. Permisos del universo que se dan para encandilarnos a los que tenemos ojos. Ahora los insectos saben más de mí que lo que yo puedo saber de ellos: no adivinan. Perforan. Confundida, creo que soy su víctima.
Agradezco no haberme puesto perfume. Sería una invasión oler a otra cosa que no fuera pescado, humedad, patas de langosta, madera dulcificada por el tiempo. Permanezco para embellecerme de los antídotos de la noche. Imagino responder con ladridos los ladridos de la isla de enfrente. Imagino y esta realidad se burla de la espesura de mi imaginación: Ser el agua de la realidad. Un espejismo de lo glorificado. Un ala imaginada en un pájaro existido.
Desde que estoy en Villa Paranacito, imagino que soy escritora y no escribo. Todo lo que incorporo me deja inmóvil. La poesía no escribe cuando es. No la muero en letras porque cualquier palabra es un espejismo fuera del agua. Necesito resplandor con que escribir. Escribir con el croar de las ranas sobre un nenúfar recién nacido. Ser escrita por un bote. Ser escritura de piedras, de mosquitos. Me alegra ser esta interrupción en el paisaje. Y mi alegría permanecerá fiel en la memoria. Una tela de araña me vigila y en segundos me olvidará: así también es fiel el equilibrio de las cosas. Donante de sangre para la vitalidad de los insectos.