- Es que las canciones hacen eso, nos provocan.
- Este es un caso distinto, pretende eliminarme.
- No te diste cuenta. Todo supuraba. Podría haber sido un olor en su lugar, pero fue la música.
- Temo a todos los sonidos. El movimiento de una silla se prolonga por horas en mi cabeza, tararea, se anima a las palabras incluso.
- Te prometo que un día será fácil hablar sin creer que estás cantando. Sin creer. Te lo prometo.
- Si hubiese estado sola sería diferente. Lo que ahora me apuñala no son las partituras.
- Estás hablando como quién grita para no apenar. Tu grito me hace comprender que no saltaste todavía, que queres quedarte.
- Está bien. Así. No te contengas. Quien me mira y no llora es porque está contento. ¿Sabías que los contentos ven poco y nada? Pero su poco es vasto como el universo, en eso no ahorran nunca.
- Lo sabíamos cuando no velábamos por el sentido. Ahora es difícil. Ahora que parece una búsqueda inútil. Lo veo en mis manos. Se hacen las viejas para que deje de usarlas en esto.
- Por un minuto tuve nueve años. A fin de conservar la luz fue que asfixié a las libélulas en mis manos.
- Éramos humanas. Eso no nos estorbaba. Nos hacíamos coronas de flores porque en ese entonces no sabíamos que también les gustaban a los muertos.
- A los trece años, si me molestaba una canción ponía otra.
- A los veinte decoraba mis cuadernos con piel de hombre recién sudado.
- Las mujeres que no eran musa servían para hacer maestras o costureras.
- Veo que ya no imitas violines mientras hablamos, quizá sea hora de que te tape y te convenza de que estás soñando.




















